
HORUS la Columna
Hoy, por primera vez en la historia de México, una mujer toma las riendas del país. Claudia Sheinbaum Pardo asumió la presidencia en medio de la fanfarria oficialista, el culto a la personalidad del que se va, y la incertidumbre de millones. La salida de Andrés Manuel López Obrador tras casi seis años de su mandato se ha dado con esa mezcla de ceremonia y liturgia política que tanto le gusta a la 4T.

Las mujeres del PAN, vestidas de negro en señal de luto, acudieron a la sesión, no por Claudia, sino para dar un golpe visual en protesta contra las reformas constitucionales que han marcado los últimos meses del sexenio saliente. En su vestimenta, expresaban algo más que dolor: una declaración contra un presidente que fue altanero, misógino y despectivo con todo lo que olía a feminismo, madres de desaparecidos y mujeres periodistas que se atrevían a cuestionarlo. Y ahí, solitaria y casi ignorada en la tribuna, se encontraba Norma Piña, presidenta de la Suprema Corte, a quien AMLO nunca dejó de despreciar.

La toma de protesta de Sheinbaum se realizó en medio de este tenso ambiente. Al lado de Ifigenia Martínez, la veterana política que presidía la sesión, se producía una escena cargada de simbolismo: AMLO, caminando entre los vítores de sus fieles, tardó 20 minutos en recorrer lo que Claudia cubrió en menos de cinco. El culto al hombre se extendía hasta el final, con aduladores, selfies y el murmullo de los morenistas que lo consideraban un semidiós. Y cuando Claudia subió a rendir protesta, lo hizo en dos minutos, con una brevedad que contrasta con la duración de la despedida del mandatario saliente.
Sheinbaum, en su discurso, no perdió la oportunidad de vincular su ascenso con la narrativa del “fraude” de 2006 y la sombra de Lázaro Cárdenas. ¿El presidente más querido?, dijo con una sonrisa que no ocultaba la incomodidad. Y en ese mismo tono, anunciaba la continuidad de la “cuarta transformación”, la construcción del segundo piso de este proyecto político que ha dividido a la nación.
Fernández Noroña, fiel a su estilo, rompió la solemnidad del momento levantando la mano izquierda en señal de victoria, como si estuviera en una asamblea de los años 70. ¿Neutralidad? Ni soñarlo, en una ceremonia donde todo parecía un tributo más a la personalidad de AMLO que al inicio de un nuevo mandato.
El discurso de Sheinbaum fue lo esperado: una mezcla de lugares comunes, promesas repetidas y, claro, una referencia a la próxima elección de jueces y ministros “por voto popular”, un guiño a la reforma judicial que tantos temen y que ella defiende como si se tratara de una salvaguardia democrática.
En materia de seguridad, minimizó las cifras de los más de 199 mil homicidios de alto impacto que ocurrieron bajo el mandato de su predecesor. Pero, con un tono firme, prometió que «no regresará la irresponsable guerra de Calderón». Claro, porque 200 mil muertos bajo la Guardia Nacional no son producto de una guerra, sino de una «coordinación con estados y municipios». ¿Y la militarización? No existe, según ella.
Sheinbaum anunció nuevos programas de bienestar, uno de ellos para mujeres entre 60 y 64 años que recibirán un apoyo bimestral. Y en cuanto a salud, aseguró que el IMSS-Bienestar será el mejor sistema de salud del país, olvidando convenientemente el desastre que dejó el INSABI y el vergonzoso caso de corrupción en SEGALMEX. ¿Dinamarca? No, pero tal vez Cuba, de donde seguramente vendrán esos 20 mil médicos que prometió contratar.
Las promesas siguieron con un millón de viviendas para jóvenes y la expansión de trenes de pasajeros. No podía faltar la mención al «humanismo mexicano», otro concepto ambiguo, y a la austeridad republicana, una austeridad que no impidió a AMLO vivir en Palacio Nacional como un rey durante más de cinco años.
El evento culminó con una mezcla de desorden y culto a la nueva presidenta. Los morenistas rompieron el protocolo, tomaron la tribuna para selfies con la mandataria, como si su elección fuera más un reality show que el inicio de un nuevo gobierno. Y mientras todo esto sucedía, la presidenta de la Suprema Corte, Norma Piña, salió discretamente, ignorada y con un futuro incierto frente a la reforma judicial que Sheinbaum ya ha dejado clara.
Así, inicia una nueva era en México, con más de lo mismo: un gobierno que promete ser diferente, pero que no puede escapar de la sombra del hombre que lo precedió. Ojalá que esta transición no sea el paso de Guatemala a Guatepeor, pero con los vientos que soplan, es difícil ser optimista.
